11/06/2026
A través de una resolución de la Secretaría de Trabajo, el Poder Ejecutivo extendió el listado de actividades que perderán la ultraactividad y quedarán obligadas a discutir nuevas condiciones. La medida tensa al máximo la relación con la CGT y acelera la flexibilización laboral.
El Gobierno nacional profundizó este jueves su ambiciosa reforma laboral en Argentina al anunciar la ampliación a 446 convenios colectivos de trabajo que gremios y cámaras empresarias estarán obligados a renegociar de forma obligatoria. La medida, oficializada por la Secretaría de Trabajo, Empleo y Seguridad Social mediante su publicación en el Boletín Oficial, acelera el desmantelamiento del principio de ultraactividad (el mecanismo por el cual un convenio sigue vigente si no se firma uno nuevo) para un universo que abarca a más de tres millones de trabajadores en el sector privado. Esta decisión del Poder Ejecutivo busca dinamitar las regulaciones laborales de las últimas décadas, lo que desató un estado de alerta y movilización inmediato en la Confederación General del Trabajo (CGT).
La resolución firmada por la cartera laboral establece un cronograma perentorio para que empresarios y sindicalistas se sienten a discutir cláusulas que, en algunos casos, datan de 1975. El argumento del oficialismo es que el esquema de producción en Argentina requiere una modernización urgente frente al avance tecnológico y el empleo digital. Al quitar el blindaje de la ultraactividad, si las partes no logran alcanzar un nuevo acuerdo en el plazo estipulado por el Gobierno, las condiciones laborales vigentes podrían caer, dejando las negociaciones bajo el marco general de la Ley de Contrato de Trabajo, considerablemente menos beneficiosa para las estructuras sindicales.
La polémica radica en que esta ampliación duplica el listado original de actividades bajo revisión que el Ministerio de Capital Humano había diseñado a comienzos de año. Sectores clave de la economía local como la metalúrgica (UOM), el transporte (UTA), la construcción (UOCRA) y los empleados de comercio -el gremio más numeroso del país- quedaron formalmente incluidos en este nuevo paquete de revisión obligatoria, lo que tensiona los cimientos del modelo sindical argentino.

El avance de esta medida tiene tres actores principales con intereses cruzados. Por el lado del Poder Ejecutivo, el ministro de Desregulación y Transformación del Estado, Federico Sturzenegger, y el secretario de Trabajo lideran la estrategia de "modernización forzosa", alineados con el mandato del presidente Javier Milei de reducir el llamado "costo laboral" para atraer inversiones extranjeras.
En la vereda de enfrente se planta la CGT y las CTA. Los sectores más duros del sindicalismo, representados por Pablo Moyano (Camioneros), ya calificaron la medida como un "golpe de gracia al derecho laboral". Por su parte, las principales cámaras empresarias, agrupadas en la Unión Industrial Argentina (UIA) y la Cámara Argentina de Comercio (CAC), recibieron la noticia con un optimismo moderado: si bien celebran la flexibilización de las jornadas horarias y los sistemas de indemnización, temen que la imposición oficial desate una ola de conflictividad social y paros generales que paralice la producción en el segundo semestre de 2026.
El dato clave: La ultraactividad es la ley que mantiene vigente un convenio colectivo de manera indefinida hasta que se firme uno nuevo. Su eliminación obliga a los gremios a negociar desde cero, perdiendo conquistas históricas.
El impacto político de la resolución es inmediato y amenaza con congelar cualquier puente de diálogo legislativo en el Congreso de la Nación. El bloque oficialista buscaba consensuar leyes económicas clave con la oposición dialoguista, pero el malestar de los gobernadores provinciales, condicionados por la presión de los gremios estatales y de servicios locales en sus distritos, podría restarle gobernabilidad a la gestión central.
Asimismo, la CGT convocó a una reunión de urgencia en su sede de la calle Azopardo para definir la fecha de un nuevo paro nacional, el cual se proyecta como el más masivo de la actual administración. Desde el plano jurídico, los equipos legales de los principales sindicatos preparan una lluvia de medidas cautelares ante los tribunales del Fuero del Trabajo, alegando la inconstitucionalidad de la caída de los convenios y la violación de convenios internacionales de la OIT (Organización Internacional del Trabajo).

Esta encrucijada no es un hecho aislado, sino la consolidación de un proceso que comenzó con el Decreto de Necesidad y Urgencia (DNU) 70/23 y los capítulos laborales originalmente contenidos en la Ley Bases. Aunque la Justicia laboral frenó en reiteradas oportunidades los intentos de reforma por decreto, el Gobierno encontró en las auditorías de homologación de la Secretaría de Trabajo la herramienta administrativa para forzar los vencimientos de los acuerdos colectivos. El antecedente inmediato fue la intimación a las ramas PYME del sector servicios hace dos meses, un ensayo general de lo que hoy se transformó en una reconfiguración macroeconómica de las relaciones del trabajo en el país.
Esta decisión del Gobierno podría marcar un punto de quiebre definitivo en la relación entre la Casa Rosada y la cúpula de la CGT, clausurando cualquier instancia de tregua o pacto social para el resto del año. Al empujar a 446 convenios a una mesa de negociación forzada bajo la amenaza de perder derechos adquiridos, el Poder Ejecutivo abandona la estrategia del desgaste progresivo y apuesta por un esquema de "todo o nada". La jugada es de altísimo riesgo: si la gestión libertaria logra que las empresas impongan las cláusulas de productividad y quita de penalidades por horas extra, habrá ganado la batalla cultural y económica más importante de su mandato; sin embargo, si la resistencia sindical logra coordinar el descontento de las bases afectadas en sectores sensibles, el país se expone a un escenario de parálisis operativa que podría resentir los frágiles niveles de reactivación económica y consumo interno.
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