Señor Presidente de la Nación.
Señores Ministros.
Señores Legisladores.
Señores Funcionarios:
Antes de mirar una planilla, miren un rostro. Antes de analizar un número, escuchen una historia.
Antes de celebrar un ahorro fiscal, pregúntense quién está pagando el costo de ese ahorro.
Porque detrás de cada cifra que aparece en un presupuesto, detrás de cada porcentaje que se ajusta, detrás de cada recorte que se decide desde una oficina, existen seres humanos. Existen hombres y mujeres de carne y hueso.
Existen jubilados. Personas que no llegaron a esta etapa de la vida buscando privilegios, sino después de haber entregado sus mejores años trabajando, produciendo, aportando, educando a sus hijos y ayudando a construir la Argentina que hoy ustedes tienen la responsabilidad de gobernar. Sin embargo, mientras algunos observan números en una pantalla, miles de jubilados observan con angustia cómo se vacía su heladera.
Mientras algunos hablan de variables económicas, miles de adultos mayores cuentan monedas para saber si podrán comprar el pan del día siguiente.
Mientras algunos celebran equilibrios fiscales, miles de jubilados desequilibran su salud porque ya no pueden comprar todos los medicamentos que necesitan.
Y esto no es una teoría. Es una realidad. Una realidad que duele. Una realidad que golpea. Una realidad que humilla.
Hay jubilados que comen una sola vez al día para que los alimentos alcancen. Hay quienes cortan sus comprimidos por la mitad para hacerlos durar algunos días más. Hay quienes dejan de prender una estufa en invierno por miedo a no poder pagar una factura. Hay quienes pasan noches enteras sin dormir pensando cómo llegarán a fin de mes. Y hay algo todavía más doloroso. El silencio. Ese silencio que se escucha cuando una persona siente que ya nadie la escucha. Ese silencio que nace cuando alguien cree que después de haber dado todo durante una vida entera, ha sido olvidado.
Quienes recorremos los centros de jubilados, quienes conversamos con ellos todos los días, conocemos esas historias.
Las vemos. Las escuchamos. Las sentimos.Las encontramos en las manos gastadas de quienes trabajaron durante cuarenta o cincuenta años.
Las encontramos en las voces quebradas de quienes intentan mantenerse fuertes.
Las encontramos en esos ojos enrojecidos que muchas veces buscan esconder las lágrimas para no preocupar a sus hijos o a sus nietos.
Y entonces surge una pregunta tan sencilla como desgarradora: ¿Qué hicimos para merecer esto?
¿Qué hizo mal una mujer que trabajó toda su vida para llegar a la vejez sin poder comprar los remedios que necesita?
¿Qué hizo mal un hombre que aportó durante décadas para terminar eligiendo entre comer o medicarse?
¿Qué hizo mal una generación entera que levantó escuelas, hospitales, fábricas, comercios, caminos y pueblos para que hoy se la condene a vivir con miedo, incertidumbre y desesperanza?
Señores gobernantes: Los jubilados no son un gasto. Los jubilados no son una carga. Los jubilados no son un problema a resolver. Los jubilados son la memoria viva de la Nación.
Son quienes sostuvieron este país cuando había que sostenerlo. Son quienes trabajaron cuando había que trabajar.
Son quienes aportaron cuando había que aportar. Son quienes hicieron posible que las generaciones que vinieron después tuvieran oportunidades.
Por eso duele tanto la indiferencia. Porque la pobreza duele. La falta de medicamentos duele. La incertidumbre duele.
Pero hay algo que duele todavía más: sentir que a nadie le importa.
Sentir que detrás de cada decisión no existe una mirada humana capaz de comprender el sufrimiento de millones de personas.
No les pedimos privilegios. No les pedimos milagros. No les pedimos imposibles.
Les pedimos sensibilidad. Les pedimos humanidad. Les pedimos que recuerden que gobernar no es solamente administrar recursos.
Gobernar es cuidar personas. Gobernar es comprender que una Nación no puede construirse dejando atrás a quienes la construyeron. Gobernar es tener la capacidad de mirar a los más vulnerables y decirles con hechos: "No están solos".
Todavía están a tiempo. Todavía pueden escuchar. Todavía pueden corregir. Todavía pueden demostrar que detrás de cada decisión existe un corazón capaz de comprender el dolor ajeno.
Porque el verdadero progreso de un país no se mide solamente por sus números. Se mide por la dignidad con la que viven sus mayores.
Y la historia, tarde o temprano, les hará una sola pregunta: ¿Qué hicieron cuando millones de jubilados necesitaban ser escuchados?
Ojalá la respuesta pueda ser motivo de orgullo y no de vergüenza.
Por los que ya no tienen fuerzas para marchar. Por los que lloran en silencio. Por los que sienten que fueron olvidados.
Y por todos aquellos hombres y mujeres que hicieron grande esta Patria y merecen terminar sus días con dignidad, respeto y justicia.
Y permítanme, señores gobernantes, una reflexión profundamente personal.
Quien escribe estas líneas no lo hace desde la comodidad de un escritorio ni desde la frialdad de un informe técnico. Quien las escribe es un jubilado que ronda los ochenta años. Uno más entre millones. Un hombre que conoce en carne propia las preocupaciones, las angustias y las incertidumbres que hoy atraviesan nuestros mayores.
Mientras redacto estas palabras, confieso que se me pone la piel de gallina. Mi cuerpo se estremece. Mis manos, ya marcadas por el paso del tiempo y por toda una vida de trabajo, tiemblan sobre el teclado. Y no tiemblan por debilidad; tiemblan por la impotencia, por el dolor y por la tristeza de ver cómo tantos compañeros jubilados están siendo empujados a una situación que jamás imaginaron vivir después de haber trabajado honestamente durante toda su vida.
Cada palabra que aquí escribo lleva consigo el rostro de quienes me cuentan que ya no les alcanza para comer. Lleva el dolor de quienes deben partir sus medicamentos para que duren algunos días más. Lleva la angustia de quienes miran una factura y no saben cómo la van a pagar. Lleva las lágrimas silenciosas de hombres y mujeres que alguna vez se sintieron útiles, necesarios y respetados, y que hoy sienten que la sociedad les da la espalda.
Por eso estas líneas no nacen del resentimiento ni del enojo. Nacen del amor por nuestros mayores, del respeto por quienes construyeron esta Nación y de la necesidad moral de alzar la voz cuando tantos ya no tienen fuerzas para hacerlo.
Tal vez mañana estas palabras se pierdan entre miles de papeles, expedientes e informes. Pero al menos tendrán la tranquilidad de saber que fueron escritas desde el corazón de un jubilado que todavía se resiste a aceptar que la indiferencia pueda ser más fuerte que la solidaridad, que la sensibilidad y que la justicia.
"No venimos a pedir privilegios. Venimos a reclamar humanidad. Porque cuando un pueblo abandona a sus mayores, no solamente fracasa una política pública; fracasa una parte de su alma. Y ninguna Nación puede considerarse verdaderamente grande si quienes la construyeron terminan sus días entre necesidades, angustias y olvido."
Jorge Dimuro
"La Voz del Jubilado"