22/05/2026
El INDEC dio a conocer los preocupantes datos de la actividad comercial minorista y mayorista, reflejando el impacto de la recesión económica. Las familias recortan gastos incluso en alimentos y productos de primera necesidad.
El Instituto Nacional de Estadística y Censos (INDEC) encendió las alarmas del sector comercial de Argentina al confirmar este viernes una fuerte caída del consumo masivo, materializada en un profundo desplome de las ventas en supermercados y grandes autoservicios mayoristas. Las estadísticas oficiales, que miden la evolución de la actividad mercantil en todo el territorio nacional, evidencian un preocupante retroceso de dos dígitos en términos interanuales. El indicador importa de forma crítica para el escenario social y político del país, ya que refleja que el impacto de la inflación acumulada y la pérdida del poder adquisitivo forzaron a los hogares a contraer el gasto en rubros ultraesenciales como alimentos, bebidas y artículos de limpieza e higiene personal.
Las planillas del organismo oficial revelaron que la contracción del mercado interno no encuentra un piso estable. El derrumbe del consumo afectó de forma generalizada a los grandes canales de distribución, pero golpeó con especial dureza a los supermercados de las principales cadenas del país. De acuerdo con el relevamiento, productos que históricamente mantenían una demanda inelástica, como los lácteos, los cortes de carne vacuna y las harinas, registraron bajas significativas en el volumen de unidades despachadas, lo que obligó a las empresas del sector a multiplicar las ofertas agresivas para intentar movilizar el stock acumulado en las góndolas.
La sorpresa de la jornada radicó en el comportamiento de los comercios mayoristas. Habitualmente, en épocas de retracción económica, este canal funciona como un refugio de ahorro para las familias que buscan comprar en cantidad para abaratar costos individuales. Sin embargo, los datos actuales demostraron que los salones mayoristas también sufrieron una severa sangría de clientes, lo que expone que el estrangulamiento financiero de la clase media y baja ya no cuenta con margen de maniobra ni siquiera para el abastecimiento mayorista programado.

El fenómeno compromete a toda la cadena de valor de la economía real argentina: desde las grandes firmas multinacionales de consumo masivo y las cadenas de supermercados nucleadas en la Asociación de Supermercados Unidos (ASU), hasta el entramado de las Pequeñas y Medianas Empresas (PyMEs) alimenticias, que ven reducidos sus márgenes de producción por la falta de pedidos. Asimismo, las cámaras que agrupan a los comercios mayoristas expresaron su preocupación por los elevados costos fijos de logística, energía y salarios que deben afrontar en un contexto de ingresos a la baja.
En el plano institucional, la mirada se posa sobre el Ministerio de Economía de la Nación y la Secretaría de Comercio. Los empresarios del sector privado han mantenido reuniones reservadas con los funcionarios públicos para advertir que, de prolongarse esta parálisis del consumo, el esquema productivo comenzará a resentirse en los niveles de empleo directo, interrumpiendo las cadenas de pago a proveedores locales de las provincias.
La contracción de las ventas en los centros de compras masivos se inserta dentro del actual programa macroeconómico del Gobierno, enfocado en el ordenamiento fiscal y la estabilidad monetaria. Si bien la administración central destaca la desaceleración de los índices de inflación mayorista como un logro de gestión, las cámaras comerciales replican que este proceso se está logrando a costa de una severa recesión provocada por el anclaje de los ingresos fijos y las jubilaciones frente a las góndolas.
El impacto geográfico del desplome comercial muestra que los cordones urbanos de la provincia de Buenos Aires y las regiones periféricas del interior de Argentina sufren el proceso con mayor intensidad. Sin financiamiento accesible en las tarjetas de crédito y con los ahorros en moneda extranjera ya utilizados para saldar deudas fijas, la población ha optado por un drástico cambio de hábitos: la sustitución de primeras marcas por opciones económicas y la eliminación directa de consumos secundarios o recreativos.
Para hallar un nivel de retracción comercial similar en los registros del INDEC, los analistas de consumo deben remitirse a períodos de profundas crisis estructurales. Durante los últimos trimestres, las principales cadenas de supermercados venían advirtiendo sobre un cambio en la conducta del consumidor, caracterizado por el abandono de la "compra mensual de stockeo" y el predominio del "consumo del día a día" en comercios de cercanía o almacenes de barrio.
Sin embargo, las cifras actuales consolidan un escenario diferente y más complejo. La caída en los grandes centros de abastecimiento demuestra que ni siquiera los programas de fidelización, las jornadas de descuentos con entidades bancarias o las cuotas sin interés para productos esenciales logran torcer la realidad de un bolsillo social agotado. Las marcas líderes se ven obligadas a ceder espacio en las góndolas a segundas y terceras líneas, reconfigurando por completo el mapa comercial de la Argentina.
El desplome generalizado de las ventas en supermercados y mayoristas representa un crudo cable a tierra para el discurso macroeconómico oficial y expone el verdadero talón de Aquiles del modelo de estabilización. Detener la suba de precios mediante el congelamiento del consumo interno y la recesión del mercado minorista tiene una vida útil limitada en términos sociales y fiscales. Ningún esquema económico es sustentable en el tiempo si el motor básico de la actividad -que en Argentina depende en más de un 70% del consumo doméstico- se apaga por completo, afectando la recaudación de impuestos clave como el IVA.
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